Las emociones que “me comen”

¿Cuál es el significado de comer emocionalmente?

Habitualmente comemos como respuesta a una señal fisiológica que es el hambre.  Pero en ocasiones nos dejamos llevar por las emocione refugiándonos en la comida. En un momento dado a todos nos ha pasado que, ante una situación de estrés, apatía, aburrimiento, hemos “engullido” un paquete de galletas, una tableta de chocolate o una bolsa de chuches. Pero cuando esta situación se hacer crónica, sin ser consciente de ello, comer emocionalmente puede afectar al peso, la salud y al bienestar general.

La incorporación de la mujer al mercado laboral, ha supuesto que tengamos cierta independencia económica, subida de autoestima, etc. pero del otro lado la mujer se encuentra agotada física y moralmente. Después de trabajar debe atender su casa, hijos, marido etc. Y nos preguntamos cuando queda tiempo para nosotras “Nunca”. Esta situación de dejadez hacia nuestra persona, en ocasiones, desemboca en una necesidad irrefrenable de comer sin control. Y por más que se coma, nunca se llega a estar satisfecha. En este caso estaríamos ante un claro ejemplo del comer emocional

Comer emocionalmente normalmente se asocia r a emociones negativas, tales como acontecimientos vitales como una muerte, un desastre etc., Pero habitualmente son los pequeños detalles de la cotidianidad los que desestabilizan nuestro ánimo y no0s llevan a consolarnos con la comida.

Los patrones de conducta alimentaria se suelen aprender en la infancia: un niño a quien siempre se le da un dulce tras un logro importante puede crecer utilizando los dulces como recompensa por el trabajo bien hecho. Un niño que recibe galletas por dejar de llorar puede aprender a asociar las galletas al consuelo.

No es fácil «desaprender» los patrones de comer emocionalmente. Pero nada hay imposible siempre que se tome conciencia de la relación equivocada que sea ha establecido con la comida.

Alimentos «quita penas»

Todos tenemos nuestros propios alimentos de consuelo. Curiosamente, pueden variar en función del estado de ánimo y el género. En algunos estudios se ha comprobado que la gente contenta parece tener preferencia por alimentos como la pizza, mientras que la gente triste prefiere los alimentos dulces como galletas, chocolates etc. Cuando estamos aburridos nos decantamos por alimentos salados y crujientes, como las patatas fritas.

Pero ¿porque comemos de esos alimentos y no nos decantamos por un pepino o una lechuga. Se ha comprobado que los alimentos ricos en grasas, como el helado, pueden activar ciertas sustancias químicas corporales que crean una sensación de satisfacción y logro. Esta sensación hace que podamos  volver  a refugiarnos en esos alimentos cada vez que estemos mal.

Hambre física – hambre emocional

El mayor  problema de comer emocionalmente es que, en cuanto termina la sensación  placentera de comer, las emociones que lo desencadenan permanecen. Y a menudo te sientes peor por haberte comido la cantidad o el tipo de alimento que has ingerido Los alimentos te proporcionan un estado gratificante pero transitorio. Por eso ayuda tanto conocer las diferencias entre el hambre física y el hambre puramente emocional.

El hambre física viene determinada por una necesidad fisiológica que se manifiesta con señales entre el estómago y el cerebro.  En cuanto comes, el estómago no tarda en enviar la señal de saciedad al cerebro.

El hambre emocional viene determinada por el estado de ánimo. En cuyo caso la señal de saciedad no llegan o tardan mucho en llegar ya que cuando se come por ansiedad nunca se está lo suficientemente satisfecho. Y cuando tomas conciencia de lo que estás haciendo, te agobias, te estresas más y vuelves a comer entrando en una dinámica que nunca acaba e incapaz de controlar.

También puedes formularte algunas preguntas sobre tu conducta alimentaria:

  • ¿He estado tomando porciones más grandes de lo normal?
  • ¿Cómo  a horas poco habituales?
  • ¿tengo falta de control sobre la comida?
  • ¿Estoy ansioso o nervioso por algo?
  • ¿Me ha ocurrido algún acontecimiento vital importante que me está costando mucho afrontar?
  • ¿Tengo sobrepeso, o ha aumentado mucho mi peso?
  • ¿Hay otras personas en mi familia que utilizan la comida para afrontar sus emociones?

Si contestas positivamente a muchas de estas cuestiones y ello se está perpetuando en el tiempo, puede que tengamos un problema del comportamiento alimenticio.

Debemos de encontrar otras formas de encauzar nuestras emociones y que nos ayuden a no comer sin control. El ejercicio físico sería unas de ellas, el yoga, meditación, practicar alguna afición etc.

Antes de meterte en la cocina debes preguntarte: «¿tengo realmente hambre?» ¿Notas los típicos ruiditos del hambre en el estómago? ¿Te cuesta concentrarte o estás irritable? Si realmente tienes hambre, come, y hazlo despacito, degustando lo que estés comiendo. Pero si no es hambre, procura distraerla haciendo otras cosas.

Estas tres técnicas te pueden ayudar:

  1. Explora por qué comes y busca una actividad sustitutiva.

Por ejemplo:

  • Si estás aburrido o te sientes solo, llama o escribe un mensaje de texto a un amigo o familiar.
  • Si estás estresado, prueba con una rutina de yoga. Ponte música agradable y optimista y desahógate haciendo footing, dando saltos o bailado por tu habitación hasta que se te pase la acuciante necesidad de comer.
  • Si estás cansado, replantéate tu horario de acostarte por las noches. El cansancio se puede confundir fácilmente con el hambre, y la comida no te ayudará si es la falta de sueño nocturno la que te provoca la fatiga diaria.
  • Si comes para posponer las tareas escolares, abre los libros y ponte a hacer los deberes. Después te encontrarás mejor (¡sinceramente!).

se ha convertido en parte de tu rutina, piensa en el porqué.

2. Escribe sobre las emociones que desencadenan tu conducta alimentaria. Una de las mejores formas de hacerlo es llevando un diario sobre tus estados de ánimo y tus comidas. Anota qué comes, cuánto y cómo te sientes mientras comes (p.e., aburrido, contento, preocupado, triste, enojado) y sobre si estabas realmente hambriento o solo has comido para consolarte.

A través de los diarios, empezarás a ver patrones emergentes entre lo que sientes y lo que comes. Así podrás utilizar esa información para hacer mejores elecciones (como despejar la mente dando un paseo por tu barrio en vez de comiéndote una bolsa entera de Doritos)

3. Haz una pausa y «tómate cinco minutos» antes de refugiarte en la comida. Demasiado a menudo, nos pasamos el día a prisa y corriendo, sin registrar absolutamente nada en nuestro interior. Estamos tan estresados, tan sobrecargados, tan hiperconectados que nos falta tiempo para reflexionar.

En vez de comer cuando entres en tu casa, tómate unos minutos para hacer la transición de una parte del día a otra. Revisa las cosas que te han ocurrido ese día. Admite cómo te han hecho sentir: ¿contento?, ¿agradecido?, ¿entusiasmado?, ¿enfadado?, ¿preocupado?, ¿celoso?, ¿excluido?

Pide ayuda

Aunque entendamos qué es lo que nos pasa, muchos de nosotros seguimos necesitando ayuda para romper el ciclo de comer emocionalmente. No es fácil, sobre todo cuando el hecho de comer emocionalmente ya ha provocado problemas de sobrepeso y de autoestima. O sea que no intentes hacerlo todo tú solo, no es necesario.

Aprovecha la ayuda que ofrecen los expertos. Los consejeros y terapeutas pueden ayudarte a afrontar tus emociones. Los nutricionistas pueden ayudarte a identificar tus patrones alimentarios y a seguir una dieta mejor. Un entrenador físico puede guiarte para que las sustancias químicas corporales que te hacen sentir bien se activen a través del ejercicio en lugar de a través de la comida.

Si te preocupan tus hábitos alimentarios, habla con tu nutricionista. Él se asegurará de que alcanzas tus metas en lo que a pérdida de peso se refiere de una forma segura y te pondrá en contacto con profesionales que te encaminarán hacia una forma nueva y más saludable de relacionarte con la comida.